jueves, 14 de noviembre de 2013

Voyeur (Parte 3)

Una pareja de ancianos hacía la ruta a Oviedo. Iban juntos en el autobús. Iban arreglados, compenetrados hasta el punto de acompasar sus movimientos y toses otoñales. Abrigados hasta el extremo, preparados incluso para un invierno en Siberia, preparados para lo que parecía ser una mañana fría en la aborrecida Vetusta.

Lo primero que me llamó la atención sobre los viejecillos fueron sus paraguas. Eran los típicos paraguas pequeños y los llevaban cuidadosamente colocados en el agarradero del asiento. Era una curiosa y agradable imagen, ambos llevaban los paraguas exactamente de la misma forma y tamaño, solamente distinguidos por el color de la funda que los protegía. Parecía algo estudiado.

Lo segundo fue su forma de mirarse y de ignorarse, tan natural, tan familiar, tan limpia…Eran una especie de copia uno del otro, esa copia que surge de ser y estar juntos, esa copia a la que ni si quiera el mejor hermano puede aspirar. Debían llevar juntos desde que tenían edad para estar juntos. Estoy seguro de que en pleno diluvio serían la pareja escogida para llevarlos a un arca y salvarse.

Las parejas de antes no son solo parejas. Están cuarteadas por el paso del tiempo. Están cocidas a fuego lento. Han superado ya todas las crisis posibles. Y aún así están alimentados con esa tranquilidad que debe dar saber que cuando llegas a casa te espera la rutina, la rutina que tú elegiste. Una rutina con nombre de persona, con calor de hogar.

Entonces, te das cuenta de que solo la muerte va a separar a estos “viejales”. Que sí, que suena aburrido y poco moderno, pero hoy en día son unos auténticos rebeldes en plena dictadura. En plena dictadura de la inmediatez, del usar-y-tirar, de la fugacidad de la pasión. Ahí están esta pareja de robles aguantando el chaparrón, mirando desde arriba cómo se mueren las flores de un día.

En su caso, si que hay películas que recojan su historia, muchas, cientos de ellas. Pero  lo único que me gustaría es dedicarles estas líneas a estos vejestorios entrañables, deseando de corazón que su visita a Oviedo no haya sido para ir al hospital y que solo les separe la muerte. Eso sí, dentro de muchos años y de muchos viajes a Oviedo o donde les deje el tiempo.

Nosotros mientras aspiraremos a ser jóvenes eternamente, a ser modernos, a no ponerle nombre a nada para que las palabras no nos hagan esclavos. Mejor ponerle emoticonos que palabras a las relaciones banales que tenemos cada día. Pobres de nosotros cuando no tengamos con quien toser a la vez en otoño. Pobres de nosotros cuando llegue el diluvio universal.

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