martes, 28 de mayo de 2013

Los mitos y el fútbol


Soy de esos hinchas que van al estadio una vez al año y encima tienen la desfachatez de quejarse. Soy tan forofo de los equipos que solo simpatizo con los jugadores cuando los siento míos; cuando resultan hablar los códigos de mi barrio, de mi gente, la gente humilde que mete goles por no encajar los goles que la vida le marca.

 Soy de esos que son tan fieles que disfrutan viendo los goles del rival en campo contrario, y los sufre con el equipo pequeño y batallador cuando juega en su casa y su gente les arenga. Soy todo aquello menos lo que la hinchada quisiera y soy de todo menos neutral, aunque al extremista le duela. Estoy condenado a sufrir  por defender los mitos.

Por defender los mitos, las delanteras míticas del barrio, el tuya-mia, el rey de la pista. Hablo de lealtad,  de amigos de toda la vida. No hablo simplemente de fútbol. El fútbol en sí es aburrido, pero cuando se juega y cuando lo sientes en la calle, cuando lo sudas y te duele, entonces el fútbol deja de ser fútbol y se convierte en amistad.

 El fútbol no son goles, sino el abrazo de tu amigo que acaba de ser Maradona por un segundo. El fútbol no son árbitros, ni fueras de juego. Fútbol es hacerle un caño al chulito de la calle de enfrente. El fútbol es robarle un balón al superclase del barrio. El fútbol es ser cuando no eres.

 Y así nació el primer pase de la historia, cuando el hombre se creyó niño y le arreó una patada a una pelota. Sabiendo que hacía años que había dejado a la infancia bien atrás. Pero entonces otro loco le responde, y después otro y otro, y acaban por ser veintidós hombres que juegan a pasarse una pelota como chicos. Entonces deciden marcar los goles y resulta que marcando goles, no eran niños, ni hombres, ni falta que les hacía, marcando goles eran eternos. Y así nació en un suburbio londinense el football.

Nadie sabe quien fue el primer goleador de la historia, pero su grandeza, es que nadie lo sepa, que no supiera que iba a ser histórico, solo él supo su alegría, solo él disfrutó su gloria interna. En un mal grito, el cansado obrero de la fábrica de textil grito “Go!” y desde entonces se marcan goles.  Así hoy cada vez que un chico le emule, marcando goles, se convierte en eterno en histórico y nadie lo sabe. Y esa es la grandeza de fútbol la que ningún jeque podrá jamás comprar. 

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