lunes, 1 de abril de 2013

Plaza de Mayo

Cuando conocí  por casualidad a Florencia supe que era una mujer de pocas palabras. Era una mujer bajita y delgada, como si tuviese miedo de ser grande, como si tuviese miedo a molestar con su presencia. Parecía que tenía que pedir permiso para todo. Su cara era la de una mujer bien madura, pero sus ojos eran los de una madre que espera por su hijo chiquito. Era delicada y parecía querer ser invisible. Nada más verla supe que era géminis, se veía en sus andares que existían dos Florencias, por un lado la Florencia gélida y cuasi-invisible y por otro la Florencia de fuego, a quien yo todavía estaba por conocer. La había conocido en la biblioteca pública. Florencia era bibliotecaria de una de las bibliotecas más importantes de Buenos Aires. Con su trabajo tenía la excusa para ver a miles de personas al día y despacharlos con un “Buenos días”.Vivía de su silencio y del silencio de otros tantos. Nadie más lo sabe, pero sé que Florencia llora todos los días a la misma hora. La veo como susurrar algo y se va a algún lado a llorar “a lágrima viva”. Un día la vi ir hacia la Plaza de Mayo con un pañuelo blanco en la cabeza y una fotografía. Ese día lo comprendí todo. Su silencio estaba impuesto. Su hijo había desparecido y nadie sabía nada. Nadie decía nada. Su vida era una biblioteca y no le quedaba otra cosa que luchar contra el silencio impuesto. No tan Buenos aires, para tan malos tiempos. No tan buenos aires para los tiempos del olvido obligatorio. Florencia ni calla, ni olvida. Silencio.

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